Mayo

El Sacrilegio

El día que Batub cometió el mayor de los sacrilegios imaginables en su tribu, dejó de existir. Cuando digo esto, me refiero literalmente a que se esfumó, como si hubiese sido arrancado de la tierra virgen sobre la que habitaba. Así, cuando se descubrió su acto atroz, su cuerpo inerte cayó con aplomo al suelo. Él, como si de un espectro se tratara, presenció cómo su gente tomó el cascarón que había quedado y lo trasladaron a la cabaña del chamán. Éste lo colocó sobre una camilla construida con jirones y pieles sucias, sustentada en el aire por ramas pulidas a dentelladas por un machete. El chamán entonces tomó algo de yajé (ayahuasca) y, embriagado por sus efectos, pudo al fin comunicarse con él mientras su gente murmuraba un antiguo cántico solemne. El chamán abrió los ojos opacados de repente por una espesa neblina. Con voz ronca e inclinándose sobre el cuerpo petrificado, conjuró:

—Errante en el limbo de los malditos habrás de permanecer hasta 

que tu alma se redima, Batub. 

Tras esas palabras, toda la tribu comenzó a corear un grito que parecía provenir de los mismísimos avernos. Batub, ahora espíritu vaporoso, abandonó la cabaña y dejó a su espalda todo cuanto le conectaba a este mundo. Durante días estuvo acechando los alrededores de su tribu como una sombra. Los miembros parecían no sentir su presencia ni escuchar sus llantos desesperados. En más de una ocasión, incluso, los niños llegaron a atravesar su espíritu mientras jugaban, arrugando inmediatamente después la nariz como si el aire a su alrededor estuviese putrefacto. Solamente Matik, su hermana más pequeña, se detuvo un día justo frente a su presencia. Tenía la mirada perdida, como si horadara el aire con su filoso iris carbón. Una mano se plantó en su pecho húmedo de sudor y apretó en un puño la tela que lo cubría. Con la otra se llevó dos dedos a los labios y murmuró kurudi bajo su aliento, que significa regresar en su idioma. Segundos después reemprendió su camino a la cabaña del chamán, dispuesta a aplicar ungüentos sanadores al cuerpo de su hermano, que esperaba pacientemente la vuelta de su alma. 

Tras cinco días infernales, Batub creyó volverse loco. Finalmente, decidido a recuperar su existencia terrenal, se propuso resarcirse de la única manera posible. Esa noche emprendió camino por una senda remota hasta el escondite donde una semana antes había dado sepultura a su madre. Cuando por fin pudo desenterrar su cadáver, envuelto recelosamente en telas perfumadas para evitar que los gusanos lo degustaran, la llevó hasta el asentamiento de su tribu y la recostó sobre la puerta de la cabaña del chamán. Entonces todo se desvaneció. 

Al abrir los ojos, se halló tumbado sobre una camilla rudimentaria. Trató de incorporarse y los cimientos del catre crujieron bajo sus torpes movimientos. La cabeza le zumbaba y sentía los miembros petrificados. Su piel relucía con un barniz oleoso de diferentes aromas que se le incrustaba en la nariz. Matik le dio la bienvenida y, ofreciendo su hombro huesudo como muleta, lo escoltó fuera de la cabaña. Allí, erguida sobre un poste a pleno sol, el cuerpo de su madre era carcomido por el calor asfixiante y una horda de buitres, escarabajos y otras alimañas. Su piel se abría a jirones y la carne maltrecha contrastaba fuertemente con las flores de colores vívidos que adornaban su rostro. Tal era la tradición. Un reflujo le ascendió rápidamente desde el estómago hasta la boca, abrasándole por dentro casi tanto como la imagen frente a sus ojos. Consiguió reprimirlo a duras penas. Matik lo condujo a su choza. Allí le preparó una sopa aguada con hojas para calmar las náuseas y le hizo recostarse. 

—Bienvenido a casa, hermano mío. 

Escrito por Isabel Domínguez Luque


El Brillo del Mar

Convocado por el sol, me fui a pescar.

Una sirena me había llamado

y lanzó su anzuelo hacia mí.

Me acercaba a los mares más profundos,

sin temor de lo que guardaban.

Me lancé sin dudas, un pez liberado.

Me fui nadando, luchando contracorriente,

ignorando los buques naufragados.

Ya no pisaba el suelo ni miraba por mis alrededores,

las olas tranquilas me acariciaban,

como una brisa que hace cosquillas.

Hasta que el sol desapareció y salió la luna.

Empezaron los altos y bajos,

mientras esperaba que volviera el sol.

Cuando salió, supe disfrutarlo mejor,

hasta que llegó la tormenta otra vez.

No buscaba refugio ni una isla desierta,

quería atravesarla y encontrar las aguas calmas.

Buscaba algo que no cambiaba de día a noche.

Pero las olas me ganaban y me dejé llevar.

Me llevaron a tierra firme y la serenidad.

Me quedé con una hipotermia.

Escrito por Finbarr  O´Sullivan


El Paisaje

La mujer partió una onza de chocolate negro y se la comió sin dejar de mirar el río, los campos de cultivo y los pájaros que regresaban a refugiarse en el encinar. La tarde caía. La mujer bebió un sorbo de Brandy y sintió el agradable dulzor caliente envolver la amargura crujiente del chocolate. «¿Te vas a quedar ahí toda la tarde?», escuchó una voz tras ella. «Ese es el plan», respondió sin dejar de observar el paisaje. «Se te va la vida sin hacer nada. No te entiendo, de verdad, mamá, ¿cómo puedes pasarte tanto tiempo ahí sentada mirando al vacío?».

La mujer partió otra onza, la mordió y dio un sorbo al Brandy. «No hay nada más difícil para una persona que quedarse quieta sin hacer nada.», dijo. Después de unos minutos, la mujer le ofreció una onza a la joven. Ella la aceptó, se sentó junto a la mujer y ambas contemplaron el paisaje

Escrito por Salvador Blanco Luque