Marzo

Sala de Espera

—¿Qué le pasó a Mamá?

—Se ha caído por la escalera, cariño.

El niño suspira y vuelve a quedarse quieto. Estamos sentados en un banco en el hospital. El pasillo es blanco puro y limpio y el aire tiene un toque a desinfectante que irrita mi nariz. Cojo al niño del hombro y apoya su cabeza en mi brazo.

Ana y yo habíamos estado en la planta de arriba recogiendo el cuarto del niño porque siempre lo tiene hecho un desastre. Ella pasaba por la puerta que hace esquina con las escaleras y tropezó con uno de los cochecitos del niño, cayendo por las escaleras. No me di cuenta hasta oír los repetidos golpes secos. Él estaba jugando en el salón y vino corriendo. Se quedó en shock al ver a su madre en un charco rojo que iba creciendo, extendiéndose por el suelo de mármol.

No sé por qué me lo vuelve a preguntar ahora. Él se llevó un disgusto cuando vio a su madre en el suelo. Encima, no quiero recordárselo. Su profe dice que es un niño callado y sensible. Dice que se agobia fácilmente y se pone a llorar si le riñen y se hace una bolita, como si temiera que le fueran a pegar.

Le digo que son cosas que pasan. Fue un accidente y no tiene que preocuparse demasiado. Un descuido le puede pasar a cualquiera. Quizás en el futuro me hará caso cuando le diga que recoja sus cosas. No quiero que a él le pase lo mismo.

Ya habíamos hablado con la policía. Claro, una mujer acaba en el hospital y quieren hacer preguntas. Enseguida, el niño les contó la historia entre lágrimas, a pesar de su miedo a que lo arrestaran. Los policías no quisieron alargar el tema. Luego volverán para hablar con Ana. A ver si ella es capaz de recordar bien cómo pasó.

Le miro y veo que no se quita la preocupación de la cabeza. Apoya las manos en la silla, los nudillos blancos, y mira sus pies que flotan en el aire, cautivado por los círculos que están haciendo. Le doy un pellizco en la mejilla y le sonrío cuando fija su mirada en mí.

—No seas tonto, cariño. A un niño no lo van a meter en la cárcel por dejar sus juguetes fuera.

Asiente con la cabeza y se queda en silencio. Después suspira y vuelve a hablar, casi susurrando.

—Papá, no les dije nada de los gritos.

—¿Los gritos?

—Los de mamá, te estaba gritando.

Me quedo en silencio, repitiendo las palabras suyas internamente. Toso y busco mi respuesta.

—¿Cuándo?

—Antes de caerse.

—No, hijo, eso fue después. Estaba gritando por el dolor.

—¿No dijo «suéltame»?

Vuelvo a la búsqueda.

—No, dijo «ayúdame». Pero eso fue después. Es que fue algo muy traumático para ti.

Pero tú no te preocupes. Yo lo vi, desgraciadamente. Tú confía en mí y si te preguntan, diles lo que yo te conté.

El niño pone una cara pensativa, la que pone el pobre a la hora de hacer los deberes. Después de unos segundos, se le pasa. Se encuentra tan mal que no sabe que pasó de verdad. Le doy un abrazo y beso su cabello.

—Papá, tú nunca me harías daño, ¿verdad?

Le contemplo con la cara firme y el ceño fruncido. A veces se pone igual que su madre. Se inventan las cosas y tienen que hacer preguntas sobre temas que no tienen que ver con ellos. No tienen ni puta idea. Si les digo que la cosa fue así, es que fue así. ¿Qué tendré que hacer yo para que se enteren una puñetera vez? Le atisbo de nuevo, a sus ojos húmedos y le mantengo la mirada fija unos instantes. Le sonrío y vuelvo a besarle mientras le acaricio sus rizos. Los tiene igual que su madre.

—Jamás, tesoro mío.

Escrito por Finbar O’Sullivan


Nostalgia

Llegó como llegan los turistas, consultando las paradas que incluye el recorrido, buscando al autobús o al fantasma del autobús. Un hombre mayor, que no pasaría de los 70, tal vez. Alto y con envergadura, aunque se encogía entre los hombros y eso le hacía perder centímetros. Me miró y me dijo algo, palabras que quedaron atrapadas por la mascarilla y la distancia de seguridad.

—¿Perdone? —pregunté, sin posibilidad de leer los labios para adivinar sus palabras.

—Que si ya ha pasado el 4 dirección avenida Libia. 

Me sonrió al preguntarme, al menos eso entendí en las arrugas que enmarcaban sus ojos, resguardados tras los cristales anaranjados de las gafas. Unos ojos que sonreían y se antojaban más bien tristes. Asentí.

—Le quedarán unos diez minutos, ha pasado hace un rato —le informé.

—¿Lo está esperando usted también? —preguntó al sentarse al otro lado del banco de metal de la parada— Desde aquí no le pego nada, ¿eh?

Sonreímos los dos. No sé si a mí se me notó.

—No se preocupe, tenemos distancia. No, yo espero el 3, que está al caer.

El hombre afirmó con la cabeza, desconozco si para mí o para él mismo. Sentado se encorvaba más. Sus hombros daban fe de que en el pasado debió de ser un hombre fuerte. Sobre sus rodillas depositó un maletín marrón desgastado y, encima de este, un regalo pequeño, envuelto con un papel azul y de una forma tan cuidadosa que marcaba un contraste con las arrugas de una chaqueta mucho más grande de lo que necesitaba, pues apenas tenía barriga. Se quedó mirando el costado de la estación de trenes y entonces comprendí que el sentimiento de sus ojos estaba totalmente asimilado, parecía hacerle compañía desde hace años.

Le sonó el teléfono, un objeto negro que sacó del bolsillo de la chaqueta y que se abría por la mitad, como un pequeño espejo de maquillaje.

—Dime, hijo. Esperando el bus, que dice un muchacho que le quedan menos de diez minutos. ¿Cómo?

Se bajó la mascarilla y su bigote, ancho y blanco, quedó al descubierto.

—No, no me importa. Puedo esperar un poco, no te preocupes. De verdad. ¿Va a estar Lucía? Llevo su regalo. No, hombre, es solo un detalle, no va a ir su abuelo con las manos vacías. Yo no tengo ninguna prisa, otro día habrá más tiempo. Os veo en el portal y me vuelvo dando un paseo, no pasa nada. No, no te preocupes. Vale, te quiero hijo. Nos vemos ahora.

Colgó y sentí que el vacío se acoplaba entre los dos. Un hombre con tiempo que apenas tiene con quien compartirlo. Volvió a mirar a la estación, hasta que se dio cuenta de que la mascarilla seguía en su papada.

—¡Ay, perdone! —se disculpó mientras se la ponía— No me he dado cuenta, la falta de costumbre.

—No pasa nada, no nos ve nadie.

—Hay que ver, no me mató la dictadura y ahora lo va a hacer algo que no puedo ver —afirmó mientras sonreía, esta vez sí con la boca, mirando al suelo.

Se refería al virus. Diría que también a su aflicción, o por los menos al vacío, o eso me pareció. Se ajustó de nuevo la mascarilla en la nariz y me volvió a mirar, con los mismos ojos.

—Al menos hace un buen día. 

No supe qué responder. Me daba la impresión que su buen día se resumiría en esos pocos minutos que estaba a punto de robarle a las prisas y a la rutina para ver a su familia, quizá, menos tiempo del que dedicó a envolver el regalo.

El 3 apareció por la esquina y me levanté para que no se fuese sin mí. Quise despedirme de aquel hombre.

—Que tenga un buen día, señor.

—Muchas gracias, muchacho, igualmente.

Me subí al autobús, casi sin querer darle la espalda. Fui hasta el final y ocupé uno de los últimos asientos. Desde ahí podía contemplarle de nuevo. Su concentración se dirigía al suelo, atravesándolo; parecía ver más allá, o al menos intentarlo, sin encontrar nada. Entonces, llamé a mi abuelo, que descolgó en el tercer tono.

—Estoy de camino, ya voy en el autobús. ¿Quieres que me quede y comamos juntos?

Lo oí reír al otro lado.

—Vaya pregunta… ¡Pues claro! Ahora vemos qué apañamos.

Cuando colgamos me sentí feliz y triste, como si todo fuese un recuerdo y ya no hubiera tiempo porque se nos ha agotado, como todo lo que se derrocha sin mirar.

Escrito por Antonio Rodríguez