Blog de Escritura Creativa

Cabecera del blog
Este blog está íntegramente escrito por los alumnos de Actúa, concretamente los matriculados en Escritura creativa inicial, Escritura creativa avanzada y Escritura creativa online. Cada mes se publicarán sus mejores trabajos en este blog.

Mal de amores

Al pasar por la plaza me detuve a observar el original cortejo de las palomas. Un palomo perseguía incansable, con su arrullo seductor, a una paloma avispada y escurridiza, abultando su buche y estirando su pescuezo gris perlado, cerciorándose de que su conquista no se viera amenazada por ningún rival. Ella, al fin, se dejó vencer y su orgullo se esfumó ante las propuestas sinceras y constantes que le cortaban el paso. Decidí dejarlos a solas en su ritual amoroso con final feliz.

Seguí mi camino, mirando de vez en cuando hacia el cielo azul, aprovechando la sombra de los naranjos.  Otra vez aquí, me dije, mientras bocanadas de azahar me besaban la cara. Durante el paseo me percaté de las fachadas de las casas centenarias, con sus dinteles antiguos grabados en piedra, ilegibles por la erosión que no perdona, persianas descoloridas, rejas oxidadas y grandes desconchones que dejaban entrever el ocre terroso de las entrañas de las paredes.
Me preguntaba qué clase de familias habrían llenado de vida esas casas de profundidad fresca y silenciosa, qué oficios, aficiones, talentos, alegrías y desgracias hicieron suyo ese espacio casi un siglo atrás, y ahora aparecían sorpresivas en algún recodo inmediato, fantasmagóricas, con el único acompañamiento de un farol solitario típico de la ciudad y un insípido cartel de «Se Vende».

Faltaba poco para llegar al museo, mientras me aproximaba, recordaba cómo era el cuadro y una sensación perturbadora y dulce me provocó un viaje en el tiempo de treinta años atrás. Aceleré el paso deseando posarme delante de él para deleitarme con los detalles. Recorrí la exposición con la inquietud como el que busca a un niño perdido, pero no lo encontré. Qué raro, pensé, las indicaciones son estas. Me esforcé por distraerme con otra pintura, un bodegón donde rebullían granadas sangrantes, pero no lo conseguí.

«Mal de Amores», obra del pintor Julio Romero de Torres, permanecía en mi memoria como si el propio cuadro se hubiera mudado y acurrucado en un rinconcito de mi mente, entonces cerré los ojos y lo vi. Vi el almanaque de 1989 colgado en la blanca y abultada pared de una sencilla habitación de cierta pensión que ya no existe, donde solíamos amarnos cada jueves. Su protagonista, una joven gitana de belleza antigua, fue el único testigo de nuestras pasiones, abrigadas por las tardes largas, soporíferas y frescas, con aroma a moña de jazmines, sudor y cal. Ella contemplaba nuestra sensual escena con la tristeza y el cansancio que provoca el amor que no llega. Y en sus ojos inquietantes y oscuros sin fin, como el pozo del patio, asomaba acechante el deseo imposible de convertirse en la mujer amada de carne y hueso que yacía en la cama, sonriente y exhausta.

Sin esperarlo, volví a la realidad al escuchar la voz aguda y condenatoria del vigilante que me decía que el cuadro había sido cedido por un tiempo a un museo de otra ciudad. Una fría decepción acompañada de celos invadió mi aura. Salí de allí a paso lento, pensando que el camino de vuelta ya no sería lo mismo.

Escrito por Mª José Lucena Santiago


SOLILOQUIO DE UN BOXEADOR

Mañana, por fin, subo al ring. Está en juego el título de Campeón de Europa de los Pesos Plumas. Hoy, en el último entrenamiento, sólo masajes, ejercicios de mantenimiento y recuperación. Debo estar tranquilo, dormir bien y olvidarme del mundanal ruido, concentrado en el hotel con el equipo al completo. Es lo que me dicen el coach, los fisioterapeutas, y  el psicólogo.

En un momento así veo pasar la película de mi vida delante de mí. Todavía recuerdo mis primeros pasos. A los quince años comencé a ir al gimnasio. Experimenté un gran cambio en mis costumbres y rutinas. Era la única alternativa al mundo de la droga y la delincuencia, como decía la trabajadora social. Le daban la razón los abogados de oficio que me sacaban una y otra vez del trullo.

Me salvó la campana cuando aparecí por el club casualmente. Fui a ver a unos colegas y me quedé embobado viendo cómo entrenaban. Empecé de spárring, como la mayoría, y poco a poco fui aprendiendo. Pero me costaba mucho trabajo. Estuve a punto de tirar la toalla. Me animaban mucho los entrenadores, compañeros, médicos, masajistas… salvo mi familia.  Nadie en mi casa quería que me dedicara a este deporte. En especial mi madre. No les gustaba el dueño del local, ni los que trabajaban allí, ni los chavales que entrenaban conmigo. Decían que tenían muy mala pinta. Menos mal que no conocieron a unos cuantos drogatas y chorizos que eran muy amigos míos. No sé qué hubieran hecho. Y no digamos  con la vida de puta miseria que llevábamos, y sin trabajo. Todos estábamos apuntados al paro. A mi padre tampoco le hacía mucha gracia. Sólo pensaba en que podrían machacarme y quedar atontado para los restos. Me tiraba a la cara que iba a matar a mi madre a disgustos. El cura me decía que eso tiene un nombre: chantaje sentimental. Pero, en cualquier caso, me aconsejó que debería comprenderlos, y que no me preocupara por ella,  que seguiría vivita y coleando por muy agorero que fuera mi padre. Pero es que, además, se sentía avergonzada. Como si practicar el boxeo fuera algo malo. Todavía no me perdona que le preguntara cuándo tenía previsto morirse. Mamá, no te cabrees,  le decía. Me lo tomo a chufla, si no, tendríamos un problema gordo. He sabido siempre que mi vieja me quería. Por eso sufría tanto. Pero nunca han reconocido cómo ha mejorado su existencia desde que empecé a ir a competiciones. Más de tres años viviendo el resto de la familia a costa de lo que he ido ganando en las peleas.

A mis veinticinco años creo que me he ganado el derecho a hacer lo que quiera con mi futuro. Nunca han sido capaces de reconocer que salí del pozo gracias al deporte. Han olvidado que tuve la suerte de encontrarme con una chica por formar parte de este mundillo. Nos presentaron después de una velada. Era la hija mayor de un promotor. Me enamoré y aposté por compartir mi vida con ella. Y ahora, para colmo, lleva una parte de mí en sus entrañas. Sí. Está embarazada de cuatro meses. Pero me siguen reprochando que sea mayor que yo. Y que fuera divorciada. Hace tiempo que se separó. Cuando la conocí, ya era una mujer libre. He llegado hasta aquí por tenerla a mi lado. Y ahora, soy feliz. Estoy preparado para lo que venga. Después de llevar años arrastrando el culo por la jaula de la vida, he sabido sacrificarme para luchar por la felicidad.

Los técnicos  me han dicho siempre que soy un gran “fajador” por la forma de moverme dentro del cuadrilátero. Me gustan las distancias cortas. Es la mejor estrategia para un púgil de pequeña estatura. Por fin pude llegar hasta aquí. El trabajo ha dado sus frutos. Mañana me espera el asalto más importante de mi vida, y estoy preparado para afrontarlo. El equipo en su conjunto hemos trabajado a conciencia. Puede ser el culmen de una gran carrera o la señal de que pronto vendrá la caída.

Escrito por Francisco Archidona

Próximamente